domingo, junio 10, 2007

Capítulo XXXII

LO REAL

¿Y?

¿Quién soy, al fin y al cabo, si no el producto de vuestros sueños?

Imaginad un acantilado. Ya es hora de que os arrojéis al abismo. Las rocas, desde la posición del narrador duras pero impenetrables, apenas figuración de un plano superpuesto, golpean mientras caéis. Contemplad la sangre que se desmiembra en el inverosímil suelo, moldeando riadas serpenteantes que delinean el acontecer de las cosas. Es vuestra. Estáis agonizando. Estáis a punto de perder lo poco que os queda de vida. ¿En qué pensáis? ¿Acaso en ese beso que no supisteis dar a tiempo? ¿Acaso en vuestra madre, si tuvisteis la dicha de tenerla? Una moneda, óbolo circunstante, circunvolado, citadino, circunflejo, gira perpetua en el horizonte que no llegáis a divisar. No la alcanzaréis jamás, puesto que las haciendas, las riquezas, las pertenencias, las posesiones son miasma de los hombres, enredo, greña, intrincamiento y rebujo enajenado. Enojoso, enhiesto, habéis sido creado para la adversidad, y hacia ella vais. ¿Quién soy yo sino el Ángel de la Destrucción? ¿Y quién sois vos sino el oro corrupto que trasiega las almas y los cuerpos? Vanitas vanitatum, dice el Eclesiastés. El verdecer vergonzante de la carne. El traslado imperativo, anonadado, de los umbrales a los fines y de los confines a los abismos. La superposición antitética de las partes y el todo en el enigma especulado del estilo. Podréis figuraros que no digo sino naderías, migajas de retórica abstrusa. No obstante ello, estáis en el abismo. Precipicio, barranco, sima, despeñadero, acantilado, pozo, fosa, oquedad, cavidad, hondura. Infierno o piélago, infinitud o vacío. Llamadlo como queráis o queredlo cual lo llaméis. Os lo aseguro. No habéis aprendido nada en absoluto y como obsequio recibís la máscara del bufón. Tomad el chicote y a otra cosa. ¿Que no deseáis reíros? ¡Actuad, villano! ¡Representad vuestro ínfimo papel! ¿Os atreveríais a discutir la palabra de Dios? Esa sombra que se acerca no es de este mundo. No es vuestro padre, ni vuestro reflejo oscurecido de pasado. Yo intenté advertíroslo, si bien más con mis acciones que con mis parlamentos. No quisisteis escucharme. Ahora, mientras vuestro cuerpo yace inerme sobre el musgo, ya es tarde. Es mi deber, sin embargo, informaros lo que vendrá. Es mi derecho. ¿Qué os han dicho? ¿Creeríais por ventura que no soy yo? ¿Aceptaríais una fórmula lógicamente contradictoria: Yo no soy el que soy? Permitidme que dude. Confío en vuestra intuición.

¿Y?

Puesto que me ponéis en el lugar del escritor, no me queda otra salida que recurrir al lenguaje. Vaya engaño. El puñal es más certero, rápido, efectivo, cómodo. Si todos sabemos que después del sacrilegio de Nemrod no es mucho lo que se puede hacer. Pero vos sois zafio. Os amarrasteis a lo largo del camino a mi pluma, cual si fuera el palo de trinquete de un pecio moribundo – ¡Judas de la memoria, Bruto de la inteligencia!–, como si no supierais que no hay objeto más traidor. ¿Y qué esperáis ahora, un punto final, un colofón oportuno, axiomático y palpable, quizá el cierre de la trama? Pues no hay tal. No me disgustaría demasiado ilusionaros con estratagemas de monje, a las cuales, por lo demás, estoy enteramente acostumbrado. Y si bien lo miráis no otra cosa ha sido lo que habéis leído. ¿Quién soy yo para satisfacer vuestras demandas? Quizá el asunto marchara a las mil maravillas si estuvierais en presencia de Narváez, pues él, bien lo sabéis, es aficionado a las salidas teatrales y a los golpes de efecto. Mas no es mi caso. Yo no soy sino un escoliasta, que cifra con paciencia y sin deseo de gloria alguna los papeles que dan cuenta de la historia. También soy un personaje, en efecto, e incluso una persona. En definitiva, no es muy burda la diferencia entre una máscara que habla y una máscara muerta. ¿Quién, os preguntaréis, se apropia del histrión, quién se disfraza? Ya os dije que no el español. ¿Montresor, ese necio afeminado? Grotesco ha sido, es cierto, pero su clave no pertenece a la cuna de la Idea. Auch nicht, auch nicht. Obviamente tampoco alguno de los que ya han cesado, puesto que sería demasiado inverosímil y una de las cosas que odio, además de a vuestra nariz, que es intrusa y fisgona, es el fatal repudio de la realidad. Es una costumbre de moda, un espíritu de época. Yo creo, en cambio, en la verdad y en el libro de la naturaleza, en la sagrada escritura que Dios ha puesto sobre la creación. Es la piel que brota sobre los elementos. Lo que vos veis. Yo puedo rastrear los signos y remontarme a las profundidades. Pero no gasto para ello mis energías, sino que bástame con moverme por medio de las palabras de los otros. Ya la historia ha sido escrita y nada ha variado desde que hemos sido condenados a este simulacro de infierno. ¿Por qué creéis que Dios nos expulsó del Paraíso? Para condenarnos a la repetición perpetua, al enigma invariante que algunos, muy tontos o muy felices, suelen transformar en historias. No es mi deseo, no es mi caso, no es mi mundo. Aparezco aquí, en segunda y última instancia para hablaros, pero esta vez habré de ser sincero con vos, lector. Es probable que nada de lo que se os dijo en las páginas precedentes sea verdad. ¿Acaso es mi culpa? Claro que no. Yo hice todo lo posible por ser fiel a mi intelecto y respeté, en cuanto pude, el hilo de Ariadna que os condujo hasta aquí. Agregué mis notas, no extirpé sino las vaguedades, y aún así, como pudisteis ver, no fui capaz de lograr una coherencia perfecta. Lo lamento por vos. He de cerrar el libro, de algún modo. He de poner, en algún momento, mi firma. Colocaré el manuscrito en una botella y lo lanzaré al mar para que el afortunado –que sois vos, dado que estáis leyéndome– dé con él. Aquí se acaban los tapujos y anochecen los acertijos. Aquí, bajo estas palabras, se terminan las bifurcaciones. El aprendizaje, cuando lo hay, es lento y paciente y este recorrido por los dos mundos, que no es más que una representación del que jamás sucedió, debería mostraros que el camino final a todas las cosas sólo conduce hacia la nada, pozo y cenit de mis elucubraciones, anagrama del comienzo y de la continuidad.

No hay dos mundos, ni tres, ni cuatro, ni infinitos.

No hay más lugar en esta tierra que el que ocupáis ahora, quizá sentado cómodamente en vuestro lecho, del que acabáis de despertar de un perverso sueño.

Desconfiad siempre, por si acaso. Pues todo, absolutamente todo, es falso: orbes, ríos, bestias, islas, selvas.

Tasad, experimentad: risas, tristezas, ilusiones, universos, senderos.

Corred. Huid. Leed.

Un solo mundo, utópico, no debería intimidaros.

*****

lunes, mayo 28, 2007

Capítulo XXXI

ECCE HOMO

Simón de Montresor, vizconde de la Guarda y el Tajo, Caballero de la Orden de la Piedad, Cardenal de los Estados de Ultramar, und so weiter, no había nacido para ser engañado. Por eso su furia ante la afrenta era esperable y esperada. Vaya misterio, se dijo, que un tunante de la peor calaña se haga pasar por mí, es una situación delicada. Que simule mis títulos y mi apariencia no sólo es una ofensa a mi persona, sino también a mi poder. Pero que lo hagan dos veces dos es demasiado[1].

– No os preocupéis, Excelencia, encontraremos al impostor.–aseveró el prior Segundo, a la sazón su huésped en la Abadía de los benedictinos.

– No dudo que lo haréis, hermano. De lo contrario, vuestra cabeza se quedará sin cuerpo que la sostenga.

Había sido un simulacro perfecto, la representación de un actor consumado, la peor de las bromas de un bufón pervertido, en fin, una idea genial, pero no por eso menos agresiva y categórica. El vizconde no dejaba de admirarse y maldecir a un mismo tiempo. Se sonreía de manera enigmática y le constaba que su sonrisa parecía un espejo de su pensamiento. Todo había sucedido de acuerdo con los designios inconmensurables de la divinidad. El otro, con su mismo porte, su misma talla, su misma vestimenta y hasta su misma voz, se había presentado frente a Pablo III solicitando la entrega de los documentos árabes que contenían la clave de acceso al Arbor Sapientiae de Lulio. Y casi estuvo a punto de conseguir su cometido, pues el astuto Farnesio, con toda su sabiduría e ingenio no pudo descubrir al impostor. Sólo la Ruffini, que por esas cosas de la disoluta vida de Roma se hallaba por allí junto al Papa reparó en que el impostor sudaba demasiado para reclamar algo que le pertenecía desde hacía años. ¡Loada seas, Silvia, pues gracias a ti se detuvo la conflagración del mundo! Sin embargo, el falso Montresor pudo escapar, ya que una sutil mirada de la hembra papal había bastado para que comprendiera que su simulacro había sido descubierto. De ahí que el verdadero Montresor, pletórico de cólera en cuanto supo del malogrado intento de robo, ardiera en deseos de apresar a los traidores y quemarlos en la hoguera, de ser posible en la Plaza Mayor de Madrid. Pero estaba en ascuas, por no decir en pelotas, como los indios. Nadie de los miles de imbéciles a sueldo que poseía el Vaticano podía brindarle información certera del paradero del vulgar embaucador. Nadie, excepto quizá la Ruffini, pero ésta era la puta del Farnesio, y es sabido que se puede jugar con la Virgen pero no con la Magdalena. Igualmente, tarde o temprano debería tener noticias de lo acontecido, pues no por nada gastaba sus doblones españoles en una cohorte de esbirros mal paridos. Pasada la primera calentura, que en mucho se asemejaba a la fiebre de los posesos, se recluyó en la Abadía, dispuesto a meditar en los mecanismos de la justicia (y decimos justicia porque Simón de Montresor, vizconde de la Guarda y el Tajo, se negaba sistemáticamente a llamar venganza a sus pequeños rencores cotidianos, más aún cuando eran ocasionados por los intereses de la sagrada casa de Habsburgo y no por los suyos propios). Por eso, dio media vuelta para no ser observado y se dedicó a contemplar un tapiz. “Hemos de permitir que hagan su juego”, se decía, ya más calmo, mientras sus ojos vagaban por la apolínea figura de un mancebo, cuya mano derecha acariciaba las albas alas de un ángel.

“Quizá no debería mostrarme interesado en estas nimiedades y simular que los ignoro. O quizá debiera mostrarme demasiado afectado por el asunto. La mejor forma es siempre la exitosa, más allá de la comedia que debamos representar. Totus mundus exercet histrionem, pues bien, representaremos nuestro papel, si es eso lo que ellos pretenden. En última instancia, queda un mutis como recurso.”

–Hermano, haz que me traigan mi chocolate.

El monje, obediente, salió a cumplir la orden del vizconde, cuya bárbara costumbre representaba al menos una vuelta a la normalidad. Pero cuando atravesó el tapiz que ocultaba el acceso a la pequeña habitación en la que se hallaban (y que no debe confundirse con el tapiz favorito del vizconde, aquel del mancebo y el ángel[2], encarnación devota de Patroclo y Aquiles, pues éste tan sólo evocaba el rostro enigmático de María Magdalena, de ahí que el Señor de la Guarda y etc no lo tuviera en cuenta), digo, cuando el disciplinado monje atravesó el tapiz, fue a su vez atravesado por una pérfida espada. El brazo asesino guió luego la hoja hacia la colgadura, que levantó con premura y prudencia, pero no se veía a nadie en el cuarto.

–¿Dónde estará el maldito bujarrón? –se preguntó el homicida de los siervos de Dios.

El silencio dominaba la estancia, al igual que la penumbra. Por eso el intruso se valió nuevamente de su arma para descorrer una cortina y permitir que la ínfima luz de la mañana invernal entrara.

–¡Montresor! ¡Maldito cobarde, salid de vuestra ratonera! –gritó a continuación.

Una risita apagada le llegó desde un lugar indeterminado. La risa se repitió, pero esta vez era estridente. El asesino comenzó a destrozar los tapices con su espada, aunque para su asombro cada uno de ellos ocultaba sólo la pared y la habitación no tenía más salida que su misma entrada. Era evidente que había una puerta secreta, pero no podía hallarla, así como tampoco podía determinar de dónde procedía la risa, que ahora era franca carcajada.

–Jamás me encontraréis, payaso.

–Eso creéis, eh, pero en cuanto dé con la procedencia de vuestra voz...

–Ahí está el asunto. Esta abadía posee misterios que sólo yo conozco[3]. Podéis quedaros años enteros buscándome; para entonces ya me encontraré tan lejos como vuestro espíritu.

–Veremos.

–Intentadlo, intentadlo. ¿No sabéis cuántos lo han intentado antes que vos? ¿O suponéis acaso que por estar al margen del camino y lejos de la historia no conservo el poder que me merezco?

–Os mataré, Montresor, antes de que os veáis con los otros impostores.

–¿Con Cáceres y Plagiè, queréis decir? ¿O con el Diablo?

–Con ambos, maldito puto, y no olvidéis mencionar al resto, puesto que os conozco a todos.

–Es posible que así sea, pero es evidente que desconocéis la trama de la historia y el Elixir de la Fábula.

– ¡Sandeces! No lograréis engañarme...

–No, por supuesto, lejos de mí tal intención. Pero os decía que no estáis al tanto de las inmensas pequeñeces de nuestra historia, si no, no me vincularíais con aquellos que declaráis conocer. Que yo busco lo mismo que ellos, es cierto. Que pienso que la clave está en América, también lo es. Pero pensar que es posible que forme alianza con mis enemigos constituye un exceso de adjudicación de maldad de vuestra parte.

–Insisto, no me toméis por idiota.

–Ni por débil, puesto que permanezco oculto mientras os hablo. Nada de eso. Vosotros me habéis jugado una linda jugarreta, pero ya está. Sólo lograsteis que el Papa le debiera un nuevo favor a la Ruffini. Os doy un consejo: antes de llevar a cabo una acción peligrosa, debéis reconocer cuál es el lugar del bien y cuál el del mal.

–Eso lo tenemos claro.

–No, no lo tenéis. Vuestra educación y vuestras creencias os obligan a pensar que yo, Simón de Montresor, soy el mal, y estáis equivocados. Es más, yo podría incluso develaros aquello que realmente buscáis si vos aceptarais colaborar conmigo. Como veréis, no soy yo quien tiene tratos con Satanás.

–Ah, Montresor, me estáis entreteniendo con vuestra facundia y yo he sido enviado para mataros. ¿Insinuáis, acaso, que puedo convertirme en un traidor a mi propia causa?

–No exactamente. Sólo he de indicaros que podríais hacer de vuestra causa la mía, y de esa manera mataríamos dos pájaros de un solo tiro, o quizá más de dos pájaros.

–Fui advertido para no escucharos y ahora soy tan frágil...

–Pues habréis de escucharme. Prestad atención a lo que voy a narraros, infeliz, porque no habré de hacerlo dos veces ni habré de aclarar cada una de las peripecias que cuente. Al fin y al cabo, os referiré la historia que estabais buscando, y esto sin pediros nada a cambio de antemano sino sólo sugiriendo una alianza posterior entre vos, que estáis ahí encerrado en mi habitación pero libre, con el razonable deseo de localizar de dónde sale mi voz, y yo, que soy para vuestra sesera un fantasma, el simulacro de un cuerpo que buscabais en un lugar supuesto para encontraros nada más que con una serie de sonidos. No os reprocharé si me abandonáis cuando finalice mi relación e incluso os dejaría matarme, si no fuera porque aprecio mi vida corporal y mi carne corrompible más que mi alma. Seréis libre de tomar partido por quien quisiereis, pero antes habréis de escuchar la verdad.

“El hilo fue tejido por Aracne hace ya tanto tiempo como el que la humanidad es capaz de olvidar. Era del año la estación florida cuando, en una casita a la vera del camino imperial, un grupo de hombres juró atesorar un secreto hasta que desapareciera el último de ellos. Sólo éste, si disponía en el momento de su agonía de la oportunidad, habría de transmitir la clave a otro, bajo las condiciones imposibles de cumplir de cualquier pacto. ¿Comprendéis acaso lo que eso significa? Os estoy hablando de la misma fábula que se repite eternamente y que llenará toneladas de papeles y consumirá millones de memorias. No hay mayor misterio que el de saber contar una buena historia. ¿Creeríais que nadie, excepto los epígonos a sueldo, saben hacerlo? Durante años, mas qué digo años, durante siglos, he estado buscando el mecanismo, la máquina perfecta de fabular para confundir las mentes. Y no he estado solo. Fuimos muchos los que perseguimos ese bálsamo de la vida eterna. Pues lo más gracioso del asunto es que ni siquiera vos, que os sentís en un papel protagónico por el solo hecho de haber sido la víctima de un naufragio, estáis al tanto del revés de la trama. ¿Y por qué habríais de estarlo? ¿Os asombró conocer a vuestra madre? ¿Os asombró saber que vuestra madre fuera, en algún sentido, la puta de vuestros sueños? No quiero complicaros el asunto ni empantanar el camino. Simplemente hablo. Fui conminado a hacerlo por una voz aún más poderosa y secreta que la de Dios. Harto deberíais estar ya de buscar enigmas, puesto que a estas alturas de la montaña que alcanzasteis tendríais que saber que no existen tales. Mas cumpliré mi promesa y seguiré con el relato. Nos habíamos jurado, pues yo también estaba allí, que seríamos fieles al pacto y a la posteridad. Nos habíamos jurado que no usaríamos del secreto en beneficio propio. Pero a la primera ocasión fue la traición. Seguramente creéis que fui yo quien engañó al resto, pero os equivocáis. Fue vuestro padre, ese imbécil de Francisco, quien confió demasiado en sus fuerzas. Supimos que intentó convencer a Renato, a quien vos conocisteis como el padre de vuestra hembra. Supimos también que Renato, aislado como estaba del mundo, se dejó llevar por el dulce canto de las sirenas. Y eso que era el más estoico de todos nosotros, hasta el punto de que se había vuelto casi un ermitaño. ¿Cuál era el plan, al fin y al cabo? ¿Por qué creéis que vuestro padre os ocultó su identidad y os envió a América? Os responderé ambas preguntas. Jamás os dijo quién era porque temía que investigarais su pasado y averiguarais su oscuro y antiguo origen de pelafustán. Seré claro: vuestro padre, Francisco De la Tour, no nació en este siglo, ni en el anterior, ni en el precedente. Vio la luz el mismo día que yo, cuatro días antes de que el Sol entrara en el Cangrejo, en la torre del tesoro de Cartago. Al igual que yo, traicionó a su señor y huyó a Roma, donde tomó la identidad de un centurión. Fue asesino a sueldo hasta sus treinta años, cuando el azar o la Providencia quiso que frecuentara a Renato Malpieri, que en ese entonces se hacía llamar Horacio y no era más que un poetastro de la corte de Mecenas. Con muchas y soberbias pretensiones, es cierto. ¿Recordáis aquello de “exegi monumentum aere perennius”? No aludía a la poesía, sino a su propia vida. Hacía años ya que Renato, mucho mayor que nosotros, estaba en contacto con los círculos pitagóricos y cuando Francisco intimó con él era más que un iniciado. No sé con certeza por qué medios arribó a la comprensión del poder de las formas, pero la verdad es que Renato se jactaba de ser inmortal, lo que en ese entonces, –no os olvidéis que nosotros éramos jóvenes y estudiábamos a Lucrecio– nos sonaba como una idea ridícula salida de una mente calenturienta. No obstante ello, cierto día se hallaba Renato leyendo unos versos de su amado Virgilio, cuando, entre risas y loas a su querida momia, profirió una frase que nos dejó helados. Pensaréis quizá en alguna fórmula de invocación a los muertos o algo por el estilo. Imaginaréis una analogía del lenguaje de Cratilo y el resurgimiento eterno de la eterna rosa. Mas nada de eso. Simplemente dijo: “Virgilio, idiota, ¿por qué decidiste morir?”. Y una voz, surgida de la cocina de su empobrecida casa, le respondió: “Porque estaba harto de ser Virgilio. Porque estaba harto de ser el juguete de Augusto. Ahora quiero ser yo.” ¿Quién respondía? Pues un conocido vuestro, que ese día decidió presentarse ante nosotros con su nuevo hábito. Debimos jurar, por supuesto, que guardaríamos el secreto, en el que por lo demás no creíamos, a cambio de que nos fuera otorgada la gracia de la inmortalidad, el Elixir de la Fábula. De esa manera atravesamos los siglos, disfrutamos de todos los placeres, aun de los inimaginables, y al cabo de no mucho tiempo caíamos en el aburrimiento y el hastío. Es casi una verdad de Perogrullo, pero cuando se agotan las posibilidades de gozar el momento –carpe diem, carpe diem, decía Renato continuamente– uno cae irremediablemente en el mal. Quizá es una condición de la naturaleza de los inmortales, no sabría afirmarlo, pero la experiencia me enseña que el goce de la maldad es superior a cualquier otro que podáis pensar. Yo, por mi parte, me separé del grupo en el 666, cuando ya no soportaba las miradas de cansancio y los reproches por la estupidez que habíamos cometido. Parecía que tanto Renato como Óptimo habían logrado la otra inmortalidad, la de la poesía y con eso simulaban estar satisfechos. Mas ni vuestro padre ni yo habíamos conseguido nada que nos elevara por sobre la estirpe de esclavos en la que habíamos nacido. Para decíroslo de manera clara: contar con el infinito no es lo mismo que tener a la suerte de vuestro lado, ni el poder eterno se reduce a la posesión del tiempo. Hay otro factor, no tan sutil, si bien en apariencia más fácil de dominar, evanescente, ligero, tenue, inasible, etéreo como la moneda que gira y que se pierde. Constituye el verdadero valor de las cosas de este mundo. Es el Relato. Contábamos con el tiempo, vale, pero carecíamos de relato y para poseerlo había que apropiarse de las voces del mundo o bien despertarse con la sabiduría estratégica de la conquista de las anécdotas más zafias. En cualquier caso, yo estaba solo y para el resto de los mortales era un hombre más, ni poderoso ni pobre, ni señor ni campesino, sólo uno más del ovillo cerdoso de las Parcas. Entonces me propuse enseñorearme sobre la vasta extensión de nuestro planeta y hacer de la humanidad un hato de vasallos a mi servicio, con el único fin, loable y perverso a un tiempo, de que me contaran sus historias. Para lo cual me dediqué a estudiar el arte de gobernar y a mecerme, pendular y sagaz, sobre las cortes más poderosas de Europa. ¿Dónde hallar a los bardos, si no? ¿Dónde enfrentarse, cara a cara con rapsodas y vates, trovadores y troveros, gandules y entrometidos de toda laya? Fui consejero de Geraint, de Vortimer, de Uther Pendragon, de Arturo, de Hengist, de Gorlois, de Octa. Soñé bajo las ásperas mantas de Etelfrido, que roncaba como un jabalí, Eanfrido, que era incontinente y Talorcan, cuyas flatulencias sacudían la Britania. Cabalgué las distancias que separan y entretejen Kent, Essex, Wessex y Sussex y forjé la espada que hundió a Ercomberto en la sima. Argota, Hildegunda, Albofleda, Santa Clotilde y Amalaberga exhalaron sus últimos suspiros en mis brazos. Recaredo urdió la traición de su hermano gracias a mis consejos y yo mismo escupí sobre el cadáver de Hermenegildo y santifiqué la herejía arriana mientras fue necesario. No me creeríais si os enumerara la cantidad de Clodoveos, Teodoricos, Dagobertos y Clotaldos que se enamoraron de mis cristalinas piernas y cultivaron conmigo la perfección absoluta del amor griego. Hice llorar al emperador Carlomagno, que valoró más mis femíneas curvas que la sumisión de los francos o la conquista de Italia. Asistí a la sucesión indefinida de los Luises, los Hugos y los Godofredos y aconsejé al primer Capeto para que fundara una dinastía que de otro modo, dado su carácter pusilánime y maricón, jamás hubiera tenido lugar. Traduje las sinceras poesías de Abn al Rahman Al Nasir y Al Hakam Al Mustansir y también encendí la hoguera que los consumió; fui preceptor de Sualimán y de Muhammad y dicté los preciosos versos que hicieron la fama de la princesa Valida, pero finalmente los Hammuditas me expulsaron del Califato de Córdoba, por lo que huí a Castilla e hice la gloria –efímera, lo reconozco– de Sanchos, Fernandos, Alfonsos, Urracas, Elviras, Jimenas y Garcías. Serví a borgoñeses, aragoneses y leoneses, y logré, alabado sea el Señor, que Fernando le pusiera el cascabel a Isabel para unir su sucesión a la de Austria. Ahora soy un Habsburgo y lo seré mientras me convenga y me plazca. Pero no por ello dejé de transigir con sus enemigos y de conspirar con cuanto Papa ha existido. Aún así jamás llegué a rey ni a vicario de Cristo. Os preguntaréis por qué. Lo mismo se preguntaban mis compañeros, cómplices del pacto y de la ausencia de muerte. Sabían de mi megalomanía y estaban dispuestos a contemplarme eternamente para burlarse de forma no menos eterna. Os diré la causa de mi fracaso, ya que tanto explica de vuestra vida, como habréis de ver. Hacia el año 1400, Francisco y yo nos encontramos en la biblioteca del príncipe elector de Baviera, casi por casualidad. Simulamos que era el azar quien nos había reunido, pero ambos éramos conscientes de nuestra mentira. Los dos estábamos tras los pasos de un documento, el mismo que escondisteis tan hábilmente en vuestra espada y que tan sutilmente guardasteis a tiempo para evitar que lo poseyera. Estoy seguro de que no tenéis ni la menor idea de su contenido, pues indudablemente no domináis el lenguaje de los antiguos acadios. Estábamos en la biblioteca, como os dije, revisando manuscritos antiguos. Los dos nos movíamos sobre las mismas estanterías hexagonales, cuando dimos con él. Sonreímos, (creo que al unísono) y en ese instante uno de los dos habló –la memoria, vaya extravagancia, no es inalterable–.

–Es nuestro.

–¿Vos también lo buscabais?

–¿Por qué creéis que estoy aquí si no?

–Y yo qué sé, hace siglos que no sé nada de vos.

–Pues sí, lo buscaba y lo reclamo. Dádmelo.

–No haré tal cosa. Yo quiero el poder y la gloria.

–Y yo la gloria y el poder. Dádmelo.

Ambos estábamos mintiendo. Tanto la gloria como el poder no son sino eufemismos de la Gran Mentira. La Fábula no se nombra a sí misma. Im Anfang war das Wort. Im Anfang war der Sinn. Im Anfang war die Kraft. Im Anfang war die Tat.

–No sabríais usar de él. Desconocéis la ciencia del futuro.

–Y vos el futuro de la ciencia. Dádmelo.

–De ningún modo. Antes moriré.

–No seáis estúpido, bien sabéis que no podéis morir.

–Es una pena que vos tampoco.

–Es una pena, es cierto. Dádmelo y a otra cosa.

–Ya he dicho que no.

–Te tengo puto.

–Pues entonces no me sueltes.

La cuestión es que vuestro padre se escapó con el documento y nunca más volví a saber de él, hasta que os vi. Me llevó más de un siglo localizar el paradero del manuscrito, pero en cuanto supe que ese imbécil de Vespucci había dado su nombre a América, encontré la clave. ¿Conocéis acaso algo de la vida de Vespucci? ¿Sabéis cómo logró publicar su carta geográfica en Friburgo? ¿Imagináis quién le sugirió utilizar por primera vez el nombre de Terrae Americi? ¿Por qué creéis que el traidor se pasó al servicio de Portugal? ¿Suponéis que hincó el pico, estiró la pata y exhaló su último aliento pestífero? Si así fuera, os equivocarías de cabo a rabo, pues el tal florentino no es otro que el pío Eneas, Óptimo de Cáceres y Plagiè, Virgilio y, de más está decir, el mestizo. Nunca fue el comerciante de trapos en Sevilla que hizo fortuna y se embarcó hacia la Atlántida[4]. Las explicaciones son largas, pero vale la pena que las sepáis, aunque más no sea para ilustraros. Vespucci pretendía completar el itinerario que había sido descubierto por vuestro padre en el manuscrito y hallar el camino que obliterara definitivamente el espacio. Sabía que si lo lograba, dominaría de un vistazo la vieja Europa y el nuevo continente o, lo que es lo mismo, sería el señor del imperio donde nunca se pone el sol. Y poseería el Gran Relato[5]. El manuscrito es la puerta, el pasaje, la aurora que une, en pocos segundos, lo que un pobre náufrago como vos tardaría meses en descubrir. Es la Conjunción, el Aleph, la Estructura Ausente. Debe haber soñado que estaba ante la entrada del infierno, tal cual él mismo había hecho viajar a su troyano héroe y por tanto debe haber sentido un placer infantil, al cual era muy afecto, cuando encontró la abertura. El hueco, sí, pero no la clave. Yo sé muy bien que era capaz de unir Estrasburgo con Asunción en menos que canta un gallo, pero no podía –he ahí la importancia del pergamino– unir los tres territorios del hábitat de los entes, esto es, la trinidad del Verbo, la Acción y la Palabra, la manifestación absoluta de la potencia divina, el Elixir de la Fábula, la Voz del Océano, el Grito del Cielo y el Eco de la Tierra. Y crear de tal modo el Gran Relato. Le faltaba el documento precioso que vos teníais o quizá aún tenéis, y perderá la sesera en la búsqueda, inventando pequeñas historias pero jamás la Historia. ¿Comprendéis por qué, si os unís a mí, seremos los señores del mundo? Vos poseéis el mensaje y yo el código. Basta con que nos pongamos de acuerdo para destruir a los traidores de vuestro padre y así comenzar la Historia desde cero. Fiat fabula, fiat lux.

–Pero mi padre está muerto y, según vos, debería ser inmortal.

–Estáis en lo cierto. Vuestro padre no debería estar muerto.

–Pero lo está.

–¿Visteis su cadáver?

–No.

–Yo tampoco. Es evidente que fuisteis engañado.

–¿Y el anciano, a quien vos llamáis Renato? Pues él también debería ser inmortal y sin embargo yo vi su cadáver.

–¿Jurarías que era su cuerpo?

–Lo juraría. Fue quemado delante de mis ojos.

–Es hora de que os diga la verdad. Nunca fuimos del todo inmortales, ya que había una condición en el pacto.

–¿Y cuál era esa condición?

–La sucesión y el olvido. Quien tuviera hijos, sería mortal. Tanto Francisco como Renato los tuvieron, si no, no estaríais aquí.

–Es decir que...

–Vos sois, Estebanillo, el asesino de vuestro padre, cruel Edipo que sin saberlo lo arrojó a la huesa. ¿Comprendéis por qué debéis compartir conmigo el documento? Tal vez podría ayudaros a recuperar su memoria, si bien no su carne.

–No tengo el manuscrito.

–¿Y quién lo tiene, pues?

–Narváez.

–¿Narváez?

–Sí, ¿no lo conocéis?

–¿Pretendéis engañarme?

–No, os lo juro. Santiago de Narváez y Albuera, el español que pasó por la colonia y me ayudó a ordenar la biblioteca.

–El maldito hitita…

–¿Hitita? Narváez es valenciano.

–Eso dice, ¿eh?

–¿Lo conocéis, entonces?

–Lo conozco, en efecto.

–¿Quién es, pues?

Willkommen aus der Näh und Ferne![6] Por lo pronto, confiad y esperad.

*****



[1] Dos y dos son cuatro, cuatro y dos son seis, seis y dos son ocho y ocho dieciséis.

[2] Tampoco con el tapiz de la Melancholia.

[3] En realidad se trata de una basílica cruciforme, dedicada a San Esteban, cuya nave se construyó en 1392. En la cripta descansan los restos del duque Adalberto y la parte más preciada de su hija Etala. Cada 17 de junio las fieles suelen pasear estas sacras reliquias a lo largo del Mosela. Acabada la peregrinación, se bañan en el río, cuyas aguas benditas tienen la virtud de restituirles la castidad descuidada durante el año. Llegada la noche, sus pretendientes las recogen cual florecillas perdidas en el bosque y las llevan a dormir. Por lo demás, prefiero, como Montresor, callar los secretos de la Abadía, que conozco mejor que él.

[4] Tampoco Narváez, como creyera Néstor, aun conociendo el carácter proteico de Plagiè. El recelo de que el esbirro español le reclamara la joya que había forjado su padre y el celo con que la guardaba lo hicieron caer en la trampa, y esto sin desmerecer las dotes histriónicas de don Óptimo. Por otra parte, es sumamente curioso que el único retrato que se conserva de don Santiago de Narváez y Albuera –que tampoco es retrato, sino un óleo en el que posara como fauno para la duquesa de Ottingen- guarde tanto parecido con el del navegante florentino.

[5] Poseerlo no implica ni conocer sus leyes ni mucho menos dominarlo. Para ello había que abocarse al estudio en secreto y equivocarse sin riesgo de revelar su posesión. Plagiè sabía que las vestiduras de Vespucci eran demasiado conocidas para acometer tal empresa, por lo que decidió que muriera, al menos para el mundo. Tomó primero el nombre de García y la figura de Narváez y, para recuperar el manuscrito que había escondido en algún lado en otro viaje, dio la vuelta al mundo. Luego, dejó que la comedia siguiera su curso, mientras él volvía a desaparecer, asumiendo la figura de un niño de pelos rulientos, romos, purpúreos, bermejos y carmesíes, que jugaba con las putas madrecitas ¡engelreines Mütterchen!– a orillas del Ill. Pero esto último no podía saberlo el obispo bujarrón, que ignora prácticamente todo.

[6] ¡Ya lo sabréis, tunante!

lunes, mayo 21, 2007

Capítulo XXX

LOS MOTIVOS DEL LOBO

–¿Estáis de acuerdo con esa idea?

El grito, profundo y fantasmal, provenía de algún recodo de las tuberías, aunque parecía surgir de la misma superficie de la jofaina. No era la idéntica voz penetrante que había escuchado durante tantas noches, lo que explicaba que al fin había llegado al grado más alto de la escala del ser.

–Lo estoy con todas las que me sirvan, Monseñor.

–¿Aún a riesgo de perder vuestra identidad, vuestro bien y vuestra vida?

–Estoy dispuesto, con tal de vengarme.

El castillo entero estaba sumido en el silencio. Ni siquiera se escuchaba el sonido hueco de la penumbra, ni el consabido canto del búho ni el gorjear del cuervo, ni el aleteo de los murciélagos ni el masticar de las ratas. El orbe yacía recogido, como si estuviera expectante de la bifurcación de la fatalidad.

–Pues bebed del dulce néctar de las quemadas flores y luego partid, mas no os demoréis ni un instante, que el tiempo, una vez hayáis tomado el ardor del aguamanil, no estará de vuestra parte.

–Lo haré, Monseñor. ¿Mas luego?

–Luego seréis otro y ya no os importará haber nacido o haber muerto. Cualquier suceso, cualquier incidente que os ocurra, será para vos un sueño, el delirio perenne de un loco que no quiere resignarse a su estulticia. Obtendréis, a cambio de vuestro servicio, la nueva vida, en otro siglo, en otro mundo.

–Y esta vez...

–Esta vez será eterna, os lo prometo. Esta vez, tras el largo manto de la muerte reinaréis y os reiréis, con mirada suficiente y perpetua, sobre las sepulturas ya deshechas de vuestros enemigos, que para ese entonces no serán más que polvo.

Una sonrisa se dibujó en el rostro del médico. Ya había pactado. El otro, inefable, supremo, altísimo, se ocuparía de Óptimo, y había jurado que pagaría una a una sus perversidades. Sólo restaba escudriñar qué habría de ser de los demás, aunque más no fuera para satisfacer su desdén y su afán futuro de omnisciencia.

–¿Cuánto tiempo pasará hasta mi regreso?

–No os puedo dar todas las certezas. No soy Dios.

–¿Acaso no sois...?

–Callad, por vuestro bien. Yo os prometo que llegará el día en que diré fiat lux y verás de nuevo el amanecer. Y os aseguro que ese instante será el más bello de vuestra existencia.

–¿Y Dolores?

–¿Esa puta? ¿A qué os preocupáis por la perra? Será entonces lo que fue siempre, una hechura de carne despreciable, ya podrida, ya absorbida por los miasmas de este mundo.

–¿Y María?

–No mencionéis ese nombre, os lo ruego. Ella pecó por la paga y en consecuencia pagará por pecar.

–Sólo me queda uno de quien saber su destino. Ese bastardo español, engreído y soberbio, que abusó de mi hospitalidad y hoy mismo ha descubierto la hierática fuente de la que provenís.

–Será condenado y no lo salvará esta vez su astucia. No dudo en que intentará develar el secreto, mas no contará con la ayuda de su Lulio, ni podrá interponerse en el camino. Expiará con su carne el haber querido profanarme. Una vez que vos partáis, él partirá también, aunque jamás hallará el sendero que lo regrese a la tranquilidad y al sosiego. Narváez morirá[1], y de la peor manera.

–Acepto, entonces.

–Bebed.

Dellhorto juntó sus manos, las sumergió en el agua turbia de la pila y bebió. No supo ya qué hacía ni quién era cuando volvió a mirarse en el espejo. Su rostro había cambiado: ya no era el de un médico culto y escéptico, sino el de un vulgar sirviente. Su cuerpo, antes de talla germánica y porte lozano, parecía ahora el de un pobre y viejo criado abatido por los años. Hasta sus ojos, cuyo verde brillo había alguna vez seducido a las mujeres, se mostraban ahora apagados y vacíos, oscurecidos y débiles, como dos piedras curtidas por las cuitas y el cansancio.

–Te llamas Simón. –dijo la voz del agua.

–Simón.–repitió D’ell Orto.

–Simón de Montresor.

–Simón de Montresor.

–¿De qué vives, Simón?

–No lo sé.

–Eres tonelero.

–Eso soy.

–Lo has sido siempre.

–Siempre lo he sido.

–Irás, ahora, por el camino oeste de Estrasburgo, guiando tu carro, repleto de toneles de vino.

–Mi carro está repleto de toneles de vino.

–Así es. Sin embargo, conducirás mal, porque beberás el contenido de un tonel, aquel que está marcado con la palabra Rache[2].

–Venganza.

–Exacto. Lo beberás hasta la última gota y luego sufrirás un accidente, que os ocasionará la muerte.

–Moriré.

–Lo harás. Pero no antes de esperar que un hombre, quien a pesar de serlo camina como hembra, un marica de pelos rizados, retacón, cubierto de polvo y tierra, apurado, te vea.

–Esperaré a que ese hombre me vea.

–Y una vez que lo haga, tu carro volcará.

–Y moriré.

–Sí, mas deberás aguardar a que el hombre te interrogue.

–Esperaré.

– Le dirás que cuide de tus hijos.

–¿Tengo hijos?

–Los tendrás, algún día. Por si acaso, le dirás que cuide de tus hijos.

–Eso haré.

–Y luego, un instante antes de morir, le revelarás tu nombre.

–Mi nombre.

–Eso es. ¿Recuerdas cómo te llamas?

–Sí.

–Dilo.

–Simón de Montresor.

–Vete, pues, y cumple tu papel. Cuando nos volvamos a ver, yo cumpliré con el mío.

En ese instante, el día se enseñoreó sobre el castillo. Narváez despertó y sintió a su lado a María y a Dolores, tal cual se habían dormido, o al menos así lo había supuesto. Percibió un líquido cálido que se derramaba entre sus piernas y creyó que, una vez más, había sido el juguete de las hembras en su ensueño. Se sonrió, satisfecho de sí mismo, pues la Providencia había querido que sus órganos actuaran aún cuando su alma reposaba. Sin embargo, cuando se incorporó para vestirse, notó que el líquido, que aún lo acariciaba, era rojo y abundante. Las dos mujeres continuaban dormidas y de sus espaldas brotaba la sangre. Narváez se acobardó. Intentó llamarlas, suavemente, como si creyera despertarlas de una pesadilla profunda. Primero a María, la de los labios de fuego, luego a Dolores, la de los besos de adiós. Mas no había caso. Con una mueca de asco, quizá de tristeza –al fin y al cabo, algo de amor hay cuando se entrega el cuerpo–, Narváez descubrió el acto incontrastable, desnudo, crudelísimo. Ni María ni Dolores poseían ya la dulce boca, el largo paladar y la alba lengua. No es que sólo estuvieran muertas. Sus cabellos, rubio y negro sobre los blancos senos, ya no aparecían.

Narváez, iluso, sorprendido, se resignó a los hechos. Habían sido decapitadas, y él, trémulo y macabro, tenía un puñal ensangrentado en su mano.

*****



[1] Hierba mala nunca muere.

[2] Raquel.

miércoles, mayo 09, 2007

Capítulo XXIX

BROKEN THREAD

Tomó la daga, que en ese momento pesaba más que diez toneles de vino, saltó sobre el caballo y recorrió nueve millas a galope tendido. No desesperó de apearse en la primera venta, más allá de que las pulgas le escocieran las nalgas. Pasó la encrucijada, respiró hondo aunque insatisfecho el aire purísimo de la campiña y espoleó a la bestia con saña. Disparado, flecha de mugre acopiada en la golpiza, continuó hasta que la noche y el animal reventaron al unísono, mezclando en una misma perspectiva –la de su mirada– la escarlata escupida de los belfos y la blancura turbia de la luna. Gemía venganza, extendido a la vera del camino, cual cerdo condenado. Se sentía grasiento, sucio, maloliente. Su túnica hecha jirones apenas le cubría el cuerpo. Nada tenía ya, excepto la daga que palpaba al costado del vientre y que ni siquiera era suya. Un cuchillo valenciano, cuya forma fementida denunciaba a su dueño. Caminaba y corría o corría y caminaba por el sendero estrecho que la última visita del rey de Francia había elevado, paradoja de los decretos dinásticos, a la categoría de camino real. Y sin embargo no divisaba en la lejanía al otro, cuyo carruaje le llevaba dos horas de ventaja. O quizá más. Había perdido la noción del tiempo con la penúltima trompada antes de desmayarse y con la última había resignado el espacio. Sólo recordaba las palabras sarcásticas de su verdugo –el hijoputa Narváez, quién más si no– en el momento en que su testa ensortijada y melosa, meliflua y rulienta, rebotaba contra el suelo seco. “Te partiré la cabeza en dos –había dicho– y continuarás siendo un vizconde, sí, pero uno demediado.” A su lado, azulados, yacían ya inútiles el alemán y el negro, ambos atravesados como marranos y el primero murmurando aún mein Gott! y suplicando una misericordia improcedente. Habráse visto semejante violencia.

Debía alcanzarlos. El pérfido español estaba al tanto, ya, de la muerte del viejo. Y no estaba solo. Alguien más lo secundaba y no obstante no haber visto el rostro de nadie excepto el del asesino, innecesario era ser demasiado inteligente para percatarse de que el verdadero jefe e ideólogo del asunto era Cáceres y Plagié. Ya estarían los dos en América riéndose de sus barbas. Pretendían abusar de la velocidad de los hechos para hacerse con el anillo, si bien éste, como todos los objetos mágicos, había tenido la delicadeza de perderse entre los pliegues de la trama y de las nominaciones apócrifas. Pero la víctima desconocía lo que había sucedido, así como los sucesos desconocían a la víctima. Se trataba de un axioma recurrente en la historia. El problema, si lo había, era que en el presente caso la víctima era él, que normalmente ejercía el papel de victimario.

Mientras se acomodaba el molar partido, recordaba sus reclamos de hembra:

–Sarasa, marica, bujarrón, a mí has de venir con engaños y sutilezas de monje.

–Qué lenguaje elevado.– se escuchó decir.

–Lo aprendí de una puta, como tu madre.

–Soy hijo del vientre de María[1].

–A otro poeta con ese verso. Historias aparentes todo el tiempo. Horizontes artificiales cuando el que busco es el verdadero. Este asunto de sembrar el camino de pistas falsas es una estratagema de hereje traidor, no de hombre de bien.

–Jamás dije que fuera un hombre de bien, Narváez.

–Nadie lo hubiera creído, y bastaba para ello quizá con que afirmarais que erais un hombre.

Ante la posibilidad del fracaso uno termina resignándose. Simón de Montresor, ahogado ahora en su desdichada imposibilidad, se refugió en la memoria. Sus pies sangraban y ni siquiera contaba con la infinita beatitud de Dios en este paraje en el que estaba perdido. ¿Cómo viajar? ¿Cómo llegar al Nuevo Mundo con la presteza del rayo e impedir que el otro lo aventajara? ¿Cómo apoderarse del pasaje secreto de Estrasburgo si no contaba ni con un mero rocín?

–¡Mi toga por un caballo!– exclamó.

Estaba entregándose a la definitiva muerte cuando distinguió a lo lejos un carruaje volcado. Parecía el mismo en el cual Narváez había huido, pero sin embargo, luego de hacer un postrero esfuerzo y correr durante un lapso de tiempo que le pareció eterno, la imagen se fue haciendo cada vez más cercana y comprensible, como en una lente cuyo aumento fuera proporcional a la ansiedad de quien la utiliza. No era un carruaje, era una carreta, y a medida que la cercanía le permitía discernirla su olfato comenzó a sentir un fuerte olor a vino, lo que era un índice seguro de su función y contenido. Era la carreta de un bodeguero. Quién sabe por qué extraña razón la Providencia la había hecho volcar, pero ahí estaban sus caballos de tiro, dispuestos a servirle. Montresor apuró el paso, ya no le importaba que sus pies sangraran ni que la eventualidad de alcanzar al mal nacido español fuera más que remota. Mientras tuviera una posibilidad habría una esperanza. No habría de caer en ese aforismo pusilánime que había escuchado alguna vez de boca de su confesor: “Hay esperanzas, pero ninguna para nosotros”. No. Él sería el vencedor de la muerte, el guardián del tesoro, el señor de la guerra, el caballero esperado por el aliento virgen de la sabiduría absoluta, princesa de las diosas. Además, el caminar lo reconfortaba. Todo el lugar estaba repleto de toneles de vino. El líquido calmaba sus pies. El aroma lo sosegaba. Se agachó y haciendo fuente con su mano derecha bebió del suelo. El vino era exquisito. Soltó una carcajada triunfal. Había recuperado su natural optimismo. Iba a enloquecer. Quizá el efecto tardío de los golpes aunado a su desesperación produjo la suma requerida para que se sentara a beber hasta emborracharse y gritara como un loco.

–¡Está repleto de toneles de vino! ¡Está repleto de toneles de vino!

Sólo después de saciarse, reparó en que el pobre tonelero yacía con el torso aplastado debajo del carruaje. Montresor se aproximó y contempló sus piernas agonizantes, mientras brindaba a su salud. Había algo extraño en el cuadro, un elemento disonante, extemporáneo, impropio. Eran las botas. El tonelero tenía una bota nueva –la izquierda–, apenas manchada por el polvo del camino, como si la acabara de estrenar. En cambio –y por contraste– la bota derecha era viejísima y olía tan mal que ahuyentaba los efluvios del alcohol. Pero a qué preocuparse por un par de chanclos. El hombre agonizaba y Montresor pensó que no era tanto su deber cristiano como su derecho a averiguar de dónde provenía el bellísimo fruto de Baco lo que lo obligaba a socorrer al moribundo. Hizo una cuña con los restos de un tonel, levantó levemente la carreta y tiró del cuerpo. El rostro del pobre infeliz estaba destrozado. Sólo se escuchaba su respiración acompasada.

–Amigo, –le dijo Montresor– acabas de impedir el mayor crimen del mundo. Tus caballos salvarán la causa de Dios. No temas, rezaré por ti para que tu alma gane el Paraíso. Dime cómo te llamas.

El moribundo quiso hablar, pero su voz se apagaba entre los coágulos de sangre. El vizconde juntó un poco de vino de uno de los toneles con un cacharro que yacía junto a la rueda y le mojó el rostro.

–Cuidad a mis hijos. –murmuró el tonelero.

–Lo haré, hermano. Quédate tranquilo y descansa en paz. Pero dime, ¿cómo te llamas?

–Mi nombre es...

Un acceso de tos, seguramente producto de la sangre acumulada en los pulmones, le impedía terminar la frase. Montresor esperó.

–Mi nombre es...

–¿Sí?

–Simón de Montresor. –concluyó el tonelero, y expiró.

*****



[1] No es la Puta, sino la Virgen.

miércoles, mayo 02, 2007

Capítulo XXVIII

¡PUTA QUE LO PARIÓ!

¿Te vas? ¡Eh! Di por qué. ¿Me di poco o te di poco? Ya estamos en el palacio. Lo que ves es sólo el revés de la trama. Comprenderías que nos hallamos detrás del tapiz de la Melancholia en Estrasburgo si pasases del otro lado. Mas no lo hagas. Tan sólo cree en mí como yo creo en ti. Quédate y ten la cuerda. Haz tal cual Concha que no la suelta, y atiende al oráculo de Pito[1].

Ved y ponedlo a consideración. Mirad a Esteban. Seguid sus pasos ¿Os sentís como él? Vos mismo visteis lo que ha sido el viaje. Sin embargo, tiene los pies hinchados como si hubiese venido caminando. Pronto ha de pasar del otro lado de la trama, va a atravesar el tapiz. Pero no lo hagáis vos. Quedaos de este lado y seréis espectador con la duquesa y Plagiè, que tienen sus motivos para no mostrarse en el castillo. ¿Veis al último? ¿Tiene los ojos en blanco o me parece a mí? Algo dice a nuestro héroe:

– ¿Por qué me interrogas inútilmente? No te enterarás por mí. Mas no te mentiré: si has de pasar del otro lado, lo verás por ti mismo.

Y en pasando, Esteban no alcanza a oír las últimas palabras («No hay más ciego que quien no quiere ver.»), porque se detiene a contemplar lo que ha entrevisto en la penumbra de la alcoba.

Jadeante y despeinada, desnuda y rubia, una esfinge sin secreto se contonea voluptuosa sobre el alborotado lecho. Mas nos da la espalda y aún ha de postergar la anagnórisis acostándose exhausta boca abajo sobre las mantas. Pero, ¿quién es ese otro ser que cuadrúpedo sale de la cama y que ahora que desnudo se incorpora sobre sus dos piernas más bien parece trípode? Un hombre, diréis; mas Esteban sólo tiene ojos para la mujer:

– ¡María!

– ¡Esteban!

– ¿Esteban?

– ¡Ignacio!

– ¿Ignacio?

– Santiago.

– ¿Santiago?

Santiago de Narváez y Albuera, para serviros.

– ¿Cómo es que estás aquí?

– He venido a buscar lo que me pertenece.

Mirad cómo Narváez se abalanza sobre sus ropas. Y no es por vergüenza de mostrar sus partes, por cierto. Ya lo veis: aferra la daga valenciana, mas Esteban le pisa la mano y tiene la punta de la espada pronta a hundírsela en el cuello:

– No estoy buscando el manuscrito.

– De nada te servirá entonces el anillo.

– El anillo se ha perdido, Ignacio.

– Santiago. Santiago de Narváez y Albuera.

– ¿O Amerigo Vespucci? ¿O Diego García?

– Jamás he tomado esos nombres.

– ¿Y quién se dejó olvidado a Néstor en el Nuevo Mundo?

– ¿Néstor? ¡Estás loco! Yo sacaba a Ezequiel de España cuando Néstor desapareció de la faz de la Tierra. Con un anillo que me dices has perdido…

– ¿Te olvidas de Sevilla? ¿Te olvidas de Francisco, conde de *?

– Jamás he estado en Sevilla. Pero no he olvidado al Orador Romano que quiso tirar mi cadáver al Rhin. ¿No era un Obispo?

Escucha, Narváez: no puedo perder más tiempo. Ya hablaremos en otra ocasión del manuscrito, del anillo y de cuanto quieras. No haya rencores. Deja la daga y yo soltaré la espada. En nombre de Ezequiel te lo pido; él me ha enviado…

Mas no vale la pena distraerse con los pormenores que ya conocéis, informado lector: vos cuidad de Plagiè y de la duquesa y tened firme la soga. Pero, ¿qué es ese alboroto?

Aun cuando no quieras, musa de mal agüero de los muertos, escucha mi voz, que es el fin de tu locura…

Oíd: son campesinos alsacianos que se llegan suplicantes a la puerta del castillo.

Mi ánimo está tenso por el miedo, temblando de espanto…

Escuchad: han vuelto a ver el monstruo en el río.

Si ya anteriormente conseguisteis arrojar del lugar el ardor de la plaga, presentaos también ahora…

– ¿Montresor? ¿El Cardenal de los Estados de Ultramar? ¿Ese puto advenedizo?

– El mismo.

– Pues déjalo en mis manos. Tenemos viejas cuentas pendientes.

– ¿Cómo dar con él?

El Cardenal de Lorraine lo espera en Metz la semana próxima.

– ¿En Metz?

– En la vieja abadía benedictina.

– Hay que matarlo.

– Déjalo por mi cuenta.

– Como prefieras, Narváez. Sólo te pido que ahora me dejes a solas con la dama.

– Es toda tuya. Pero permíteme al menos echarme la capa encima.

Y Narváez se retira por la puerta de la izquierda.

– ¡María…!

– ¡Esteban!

– Deja que te mire. No te cubras.

– …

– …

– ¡Niño! ¡Por el amor de Dios!

– Ya estoy crecido, señora.

– Podría ser tu madre.

– Mi madre murió al darme a luz.

– ¿Cómo puedes saberlo? ¡Suelta!

– Lo dicen los documentos que dejó mi padre.

– ¿Tu padre?

– El Conde. Monseñor era mi padre. ¿No lo sabías?

– Lo sospechaba.

– Él nos separó.

– Estaba celoso de ti, no lo culpes…

– Y yo que te creía casta, María.

– ¿Yo casta?

– Casta, virgen, pura…

– …

Vos mismo lo estáis viendo, curioso lector. ¿A qué referirlo? Oíd las voces que vienen del Rhin.

¡Ojalá le alcance un funesto destino por causa de su infortunada arrogancia! ¡Dadnos al monstruo…!

Pero observad ahora. ¿Habéis notado que se abre la puerta de la derecha? ¿Qué bailarín de comparsa entra tan ridículamente vestido?

– ¿Qué hacéis en mi alcoba, caballero?

– ¡Doctor!

– Oh, pero vaya feliz casualidad. Si sois vos. Finalmente habéis comparecido. ¿Tenéis el anillo, Estebanillo?

– ¿Nos conocemos?

– Haced memoria. No hace tiempo navegábamos por el mar Océano.

– ¿Dell’Orto?

– El mismo. Aunque tal vez nos hayamos conocido mucho antes. ¿Os dice algo el nombre de Otto Ausdemhintern?

Mirad. Esteban ha vuelto a tomar la empuñadura de la espada, pero tan sólo para extraer un rollo de papeles.

¿Cuál a ti, hijo, cuál de las ninfas inmortales te engendró, acercándose al padre Pan que vaga por los montes?

– Vos me trajisteis al mundo. ¿Es ésta vuestra firma?

– Tal vez. Pero eso no explica vuestra presencia en mi alcoba, joven. Los campesinos han vuelto a ver el Leviatán en el río y están nerviosos, ¿los oís? Tal vez vos podáis salir a explicarles cómo habéis llegado al palacio.

– ¿Y qué tal os parece la explicación de mi espada?

– Aguda y elocuente, caballero. Con cuidado. Me herís.

– Y os atravesaré de parte a parte, dell’Orto, si no respondéis a cuanto os pregunte.

– Lo haréis de todos modos cuando os responda.

– Os doy mi palabra. ¿Es ésta vuestra rúbrica?

– Una de ellas, una de tantas.

– ¿Con la que dais fe de la verdad?

– Con la que os cuido de la verdad, según lo juré a vuestro padre.

– Explicaos, dell’Orto.

– ¡Insensato! Os cegaríais, descargaríais en mí vuestra furia…

– Hablad o lo haré ahora.

– Preguntad. No os diré más que aquello que queráis saber.

– ¿Murió mi madre siendo doncella, como aquí consta?

– Vuestra madre tenía quince años cuando os dio a luz.

– ¿Atendisteis el parto?

– Lo atendió mi esposa, que era doncella entonces.

– ¡Ay, ay, ay, ay…!

– ¿Dónde está ahora?

– ¡Dolores! Despierta, Dolores.

– No dormía.

– No preguntes más, Esteban.

Pero observad. ¿Os habíais percatado de que Dolores estaba durmiendo bajo las mantas revueltas del lecho? Ah, estos alsacianos tienen costumbres realmente extrañas.

Allí, allí. El monstruo, la peste, la plaga. Lleva una mujer. Allí… La plaga.

– ¡Ay, ay, ay, ay!

Es el único que cambia su aspecto de cuantos seres se mueven por tierra, por el aire o en el mar…

– Preguntadle a ella, caballero. ¿Nos estabas escuchando, Dolores?

– Sí, señor.

– ¿Pues bien…?

– ¡Uy, uy, uy!

– ¡Perdóname, María, perdóname!

– No culpéis a mi esposa, caballero. Cumplíamos las órdenes de vuestro padre. Vedlo por vos mismo.

Mirad también vos, absorto lector: dell’Orto se nos acerca, y no es sólo por temor de la espada sino porque viene a hacer algo con el aguamanil que hace un rato mirabais de reojo. Ya Esteban ha comprendido todo. El doctor ha sacado un pequeño frasquito de la faltriquera.

– ¿Queríais saber? Pues bien: ved y ponedlo a consideración. Este elixir hace prodigios con los recuerdos de los hombres, con la memoria de los vivos y los muertos. Bajo la orden estricta de Monseñor, hubimos de administrárselo a vuestra madre en el último mes de su embarazo. Y tal es así que ella aun recuerda haber parido un niño muerto…

– ¡Ay, ay, ay, ay!

– …tal es así que vos no podéis recordar que los tres primeros años de vuestra vida, mi esposa y yo fuimos vuestros padres adoptivos. Pero mirad, vedlo con vuestros propios ojos. ¿Queréis recuperar toda la memoria de vuestro padre?

Mas Esteban nada puede ver. El doctor echa unas gotas del elixir en la jofaina. Mirad los círculos concéntricos. ¿Pero qué hace nuestro héroe? ¿Qué hace con el tapiz? ¿Por qué lo desgarra?

– ¡No te ciegues, hijo mío! ¡No te ciegues!

– ¡Sacadme de aquí! ¡Desterradme! ¿Dónde os metisteis, Plagiè?

El monstruo se ha ido, se va la peste, la plaga huye…

¿Y vos, lector? ¿No os pedí que no soltaras la cuerda? ¿Cómo os pudisteis distraer así? ¿Dónde están Plagiè y la duquesa? ¡En qué cúmulo de terribles desgracias ha venido a parar nuestro héroe! ¿En qué va a terminar todo esto? Ya no se puede confiar en nadie. Ay, lector, lector… ¿Qué vamos a hacer ahora?

*****



[1] Desde Homero se conoce a Delfos como Pito (=Pυqoi; i.e. Pýtho, y no Puto, como transliteran algunos), porque fue donde Apolo venció al dragón indígena Pitón. No obstante, puesto que estamos lejos de Grecia, a mi entender el sentido figurado resulta evidente.

miércoles, abril 25, 2007

Capítulo XXVII

LA SOGA

Y puesto que hasta aquí nos habéis acompañado, paciente lector, tomad el cabo de esta cuerda para ver adónde nos conduce esta vez el hilo de Ariadna. Agarradla con firmeza y no la soltéis. Pero, por el amor de Dios, impaciente lectora, no me malinterpretes. No te distraigas ni me distraigas, que la cosa es grave y lindos estamos para juegos. Tú te habrás figurado metáfora pero yo hablo en sentido llano y cuando digo la soga, digo la soga. Pues bien, tenedla firme y no la soltéis. La tarea no es sencilla, os lo concedo, porque el que tenemos enlazado es un demonio artero, que ha engañado a Narváez y a Montresor y que engañaría al mismísimo diablo, sin contar las veces que ya nos ha engañado, a mí y a vos mismo. Aunque no a Néstor, decís. Hmm, quizás… Mas debió meterlo en una botella y cometió el error de soltarlo. Todos hemos caído en la trampa alguna vez. Vos no volváis a caer en ella. Pero por lo pronto ha caído en el lazo de la Duquesa Tal vez haya sido a la única que no haya podido engañar. Aún. ¿Confiarías en ella? No va a traicionarnos, por cierto; pero ¿te he de contar a ti lo enamoradiza que es la querendona Concha? Y sin embargo ya lo tiene enlazado. ¿No la habéis oído llamar? Pues entonces no os quedéis ahí parado con la cuerda en la mano y entrad. A qué tanto remilgo. Esa cariacontecida expresión de sorpresa mejor le iría a nuestro héroe que a vos, que estáis mejor informado que él, pues corréis con la ventaja de lo que habéis leído. No temáis. Lo que oís son los gritos de Ezequiel. Pasad, pasad. Con confianza. No soltéis la soga y mirad. La duquesa también la aferra. No la suelta la mestiza. ¿Tenéis fe en ella? Pues yo también. En ella sola, a decir verdad. Pero miradla: ella no puede acompañarnos. Miradle el vientre. Debe vivir para su hijo. Por eso sacrifica a Esteban. Y nos lo confía. A nosotros, ¿me oís? A vos, a mí, a la duquesa. Yo, por mi parte, debo limitarme a contar la historia. Y la duquesa… Pues ya lo sabéis. ¡No vayáis a soltar la cuerda! Ezequiel debe quedarse, ya lo oís. ¿No te era suficiente con hacer el correveidile, llevando y trayendo chismes de América a Europa…? Escuchad al otro. Bien que te valías del servicio… Atendamos el resto. ¿Y se puede saber para qué querías un caballo? Era mío. Néstor me lo había robado… ¿También tenías que dar este triste espectáculo? Hacer la estatua… No te permito, Ezequiel. No soltéis la cuerda, Señora. ¡Qué bajo has caído, Proteo! Ése no es mi nombre. Escucha, Ezequiel… Tú no te metas, Conchita. Recuerda que aun no me has pagado… Escúchame bien, Plagiè, mientras estés enlazado, nosotros ordenamos. No eres tú quien me enlaza. Aber leider te tengo yo, mon chéri. Pues sea todo como lo mande nuestra reverendísima Concha. ¡Sea! J’ordonne. Dile que se lleve al muchacho al Viejo Mundo. Esteban ya sabe lo que tiene que hacer. Pero lo que cuenta sobre todo es que nos lo traiga de vuelta. Entonces puede ser que lo liberemos del lazo. Tú, mientras tanto, no lo sueltes, Conchita. Procurad que vuelva antes de que nazca nuestro hijo, Señora. ¿Has oído bien, mon amour? ¿Y vos? ¿Oísteis bien? Me felicito de las recomendaciones, obediente lector, pues no habéis soltado la cuerda. Pero con que la tengáis en una mano es suficiente. Mas vale maña que fuerza. De todos modos, vos tenedla firme. Por las dudas. De ahora en más la responsabilidad es vuestra, pues el autor ya ha tenido bastante con enmarañar y desenmarañar la madeja. Tan sólo dadle tiempo a Esteban para que se despida y preparaos a acometer el viaje al Viejo Mundo. Nuestro héroe ya está listo. ¿Lo estáis vos? ¿Sentís el tirón de la rienda? Pues dejaos llevar, entonces. Mas no vayas a soltar por nada la cuerda y sólo si te asaltare el vértigo, trémula lectora, dejarás que tu mano libre se ponga metafórica, con confianza en el autor que te acompaña y te lleva de la suya.

*****

viernes, abril 13, 2007

Capítulo XXVI

CONJUNCIÓN

¿Y? ¿Qué clase de héroe es? ¿Cuáles son sus atributos? ¿Cuál su destino? Abandonado a los caprichos azarosos de un autor[1] que parece ahogarse en las inundaciones que provoca, en la retórica y el retruécano, y que entonces nada y nada y nada en ese torbellino de palabras en lugar de dedicarse a narrar la historia que no sabe, no puede o no quiere contar, nuestro héroe del humilde posesivo se sabe un héroe sin epíteto, un héroe desnudo, un héroe postergado. Yo soy el que era y el que soy y el que seré, se dice como si conjugando el poliptoton pudiera conjurar el enigma que se triplica en una eterna tautología y para confirmar tan sólo que no ha sido más que la doble conjunción, el nexo, la cópula. ¿Y?

Era el que había sido y lo que recordaba y lo que había heredado y no quería ser y lo que era contra su voluntad, ese otro que había recorrido las cortes del Viejo Mundo para traficar con los secretos que arrancara en confesión a los herejes que en nombre de la Iglesia y de la Santa Inquisición torturara en Toledo, ese conspirador y farsante que fuera su padre bajo la anónima máscara de Monseñor El Obispo, Conde de *. Y por otra parte era también el que sería, su proyección, su hijo, su fruto, ese embrión latente creciendo cual remedo del mundo y brotando redondo del vientre de su mujer, la hija de Néstor, la mestiza. Pero hasta bien no supiera quién estaba siendo, ¿qué podía decir de lo que aún no era?

Héroe tres veces mal naufragado –que nada y nada y nada–, no podía dejar de sentirse afrentado por esta nueva ironía del destino que se le revelaba ahora, como en un aguado espejo de páginas difusas, en algunos de los libros, ya oreados, que había rescatado de las aguas con Ezequiel y puesto a secar en la torre de la Iglesia. En las violáceas nebulosas de la tinta diluida en el papel, en las letras desmembradas que formaban palabras incongruentes y en las fracciones de párrafos no menos incoherentes de las desarticuladas frases, Esteban leía como en un desconcertante libro de aventuras los inconexos fragmentos de una epopeya inconclusa, al tiempo que veía el irónico reflejo de su historia diluida, de su presente disuelto y de sus esperanzas aguadas. Harto ya de ser el ocioso fauno de las églogas, el héroe bucólico al que le silba la espada hecha zampoña, harto de todo ese idilio que no es más que farsa, harto de esa Arcadia que se llama Nuevo Mundo, si quería recobrar el Paraíso del que lo habían querido expulsar pero que aun no había perdido, debía asumir la condición épica para la que se creía predestinado. Debía conocer sus atributos, su origen, su destino; debía iniciarse, debía descender a los infiernos. Y si al fin y al cabo no se trataba más que de una farsa, quería saber cuál era el papel que le tocaba representar en esta historia, y si no había epíteto, qué aspecto tenía la máscara que le estaba destinada para actuar en el gran teatro del mundo. Tenía que pasar del otro lado, que atravesar el Océano, que volver a Europa: allí reclamaría el condado que le pertenecía por herencia y… – ¡maldita conjunción siempre en suspenso!– y… luego vería, luego tendría que ver.

Mas esa súbita decisión no habría pasado de ser uno más de sus caprichos de héroe frustrado, si ciertas esperanzas que había depositado en él Ezequiel no se hubiesen visto favorecidas por lo que aconteciera a la duquesa.

Como recordará el lector[2], las esclusas que abriera la hija de Néstor y que habían purgado a la colonia de los conquistadores sin dejar a su paso nada que no se asentara sobre sólidos cimientos, tampoco habían perdonado a la duquesa, a quien en su desenfrenada carrera devorara el desbocado torbellino. Menguado el caudal y ya estancadas, Ezequiel se maldecía por haber bendecido las aguas que al librarlo de sus enemigos lo habían privado de su única amiga. Fue por eso que al día siguiente, ya calmas y haciendo de la colonia una segunda Venecia, tomó la resolución de bautizarla en honor del trágico martirologio de su desaparecida y difunta fundadora. Pero si bien Nuestra Señora de la Concha Milagrosa era nombre grave, Santa Conchita de los Milagros se adecuaba mejor a sus designios, no sólo porque canonizarla era lo menos que se merecía, sino porque implicaba además una jactanciosa provocación a Roma y a todos los santos varones que habían osado meterse con él. Al otro día, mientras rescataba con Esteban los libros que flotaban en la biblioteca, fue calmando poco a poco la pena al elucubrar en silencio si no el plan al menos los bosquejos de una revancha. El tercer día, soleado y ventoso, puso a secar unas hojas de papel en blanco y el cuarto escribió a Roma para que se enteraran de su propia boca, antes de que le fuera con el cuento algún pendejo[3] menos informado, quién era Ezequiel de la Cruz y lo que les pasaba a los que le querían imponer Obispo, Cardenal o lo que fuese a su “ciudad” de los Milagros de Nuestra Santísima Concha, y para esto contaba con aquel correo de Asunción de tantas mentas que, como se verá, se haría esperar más de lo esperado. El quinto y el sexto pasaron sin cosa digna de ser mencionada; pero al rayar el alba del séptimo, desde la torre de la Iglesia, donde dormían, la mestiza creyó distinguir un cuerpo en lo que, por virtud del espejo de agua que la inundación había dejado, daremos en llamar la otra orilla. Ezequiel, que acababa de despertarse, creyó reconocer el de su amiga y sacó a Esteban de la cama para que los llevara remando.

Ya era junio y hacía frío. El sol no terminaba de asomarse. Sobre el fangoso lecho, yacía inerte el cuerpo de Concha boca arriba, desnudo, frío, empapado, las piernas en el agua, los brazos en cruz, el cuello extendido, la cabeza y los desgreñados cabellos húmedos hacia atrás, la boca entreabierta y entrecerrados los ojos, los párpados laxos, y en esa extática palidez del rostro, sin embargo, cualquiera habría creído leer una expresión de vida. Con lágrimas en los ojos, Ezequiel se lanzó al agua y corrió hacia ella y sin poder contener ya más el llanto abrazó el cuerpo y besó los labios de su adorada Concha, como si con eso hubiera podido librarla del sueño eterno. Mas así pareció ser en verdad, pues para su alegría y espanto la Duquesa le devolvió el beso con desaforado cariño.

– ¡Ezequiel! ¿Qué haces aquí?

Mas el fraile ya no tenía palabras que responder, pues se le habían quedado atragantadas.

– Vivís, ¡gracias al Cielo! –, decía la mestiza que la cubría con la capa de Esteban, mientras éste aseguraba la piragua amarrándola en un tronco: – ¿Dónde habéis estado, Señora? ¿Qué milagro os ha podido salvar?

– Si os lo contara, no lo creeríais.

Y entonces, mientras Esteban remaba de vuelta, refirió con vivo detalle cómo, cuando se desbordaron las aguas y fuera arrastrada con ímpetu hacia una muerte que creyó segura, se había sentido tomada por la cintura como si el tentáculo de un monstruo la enlazara y cómo se abandonó a esa suerte y cómo se creyó una verdadera concha de mar y cómo bivalva se amuró al tentáculo del que tan dulcemente la llevaba y cómo dejó que la penetrara ese ensueño tan delirante, de sensaciones indefinibles, como el de un viaje a un lugar imposible, para el que no tenía palabras. Relató cómo se dejó transportar, como si montara sobre Nereo o a la grupa del mismo Poseidón, por insondables profundidades y cómo el que la llevaba remolcaba también una red en la que había pescado a tres hombres a los que dejó a orillas del Rhin, de lo que estaba segura, porque recordaba haber visto los cipreses del castillo de Estrasburgo. Pero luego fue todo permitir que el dios marino sondeara las más recónditas honduras y la instalara y la rodeara de atenciones en una cavernosa gruta que fuera durante un tiempo sin días y sin noches el fabuloso tálamo en el que soñara intensos idilios nacarados que la dejaron prendada y preñada de perlas. Y creía estar en la espelunca todavía por segregar la séptima y que el dios del formidable tentáculo, en cuyos brazos se había dormido exhausta, volvía a la carga cuando se encontró con el abrazo de Ezequiel.

Pero se arrepintió al llegar a la Iglesia de haber hablado de lo que ni siquiera ella misma podía creer ni atribuir a sueño (mas prefirió no mostrar la perla que trajera de recuerdo), porque a excepción tal vez de la mestiza, que nada dijo, nadie dio crédito a lo que había referido. El fraile, que no creía en semejantes quimeras y sin embargo sí en los augurios que esconden ciertos sueños, sólo se interesó por la pesca de hombres, a lo que la duquesa respondió con frialdad que creía haber visto a un negro y un germano descomunales y a un soldado afeminado y prepotente con una sotana llena de remiendos.

¡Mierda! –, dijo Ezequiel y se persignó tres veces, porque el último le parecía un ave de mal agüero.

Días después, las aguas habían bajado lo suficiente como para volver habitables ciertas edificaciones. Por obra y gracia del fraile, que en esos días procuraba que todo fuese del gusto de su amiga, ésta fue la primera en recuperar su alcoba. Pero ni el lavado y deslucido tapiz más melancólico que nunca ni el mágico espejo vuelto a la pared mohosa y desconchada ni la estatua del Apolo ocultando su deshonra en penitencia contra el muro jamás habrían de ver más opacada su pagana austeridad que ahora, que en la habitación resplandecía la perla que se había traído del sueño marino. Y fue así que recostada en el lecho, insomne, una noche creyó tener una visión. La luna proyectaba sus rayos sobre el penitente Apolo y éste su sombra contra la pared. La luna sobre el mármol animaba la tensión del arco y en el muro la sombra de la flecha. Obra de Ezequiel, se dijo para sí al recordar cuando desconsolada ella misma le pidiera que le forjara con el que les había sobrado de la Iglesia una en oro como la de Cupido y ya imaginará el lector que no esperó a la mañana siguiente para comprobar ese prodigio de la orfebrería.

Por su parte, a pesar del nuevo cariz que tomaban las cosas, el fraile no agregó ni quitó un ápice a la epístola a Roma, pero pasados los días, sin novedades de Asunción y colmada la paciencia, agregó un postscriptum en el que resumió lo escrito en catorce palabras de perfeccionada ironía. Mas el postillón se hizo esperar más de lo acostumbrado y, cuando Ezequiel ya perdía los estribos, sin que nadie lo viera llegar ni partir, cambió la carta del fraile por un papel plegado en tres y en cuya parte superior se leía:

Disculparás el incógnito y el apuro, pues ya habrás comprendido que lo uno se debe al riesgo de ser descubierto y lo otro al tiempo que apremia. Mas sólo ten a bien darme la palabra de respetar como siempre al heraldo y tendremos ocasión de hablar con más tiempo, en la que celebraré gustoso me pagues el servicio por la presente. Confía que la tuya llegará a destino y sabe que si a veces actúo cómo suelo hacerlo no es más que por amor a la comedia.

Por lo pronto y por mi parte, olvidemos lo pasado y quedemos en paz,

Óptimo de Cáceres y Plagiè.

Por la misma supo que Simón de Montresor, Cardenal de los Estados de Ultramar tan sólo a cambio de un pergamino (“falso, Ezequiel, falso; mas eso no lo sabe nadie más que tú y yo.”), estaba ya en Europa juntando un ejército tres veces superior para tomar la colonia, pero que, si bien el remitente –que se comprometía, llegado el caso, a tomar él mismo las armas para defenderla– no negaba haber despachado a “ese obispo maricón” al Viejo Mundo por razones de su sola incumbencia, por las mismas negaba rotundamente la menor intención de facilitarle o desear su próximo regreso.

Pero, por mucho que pudiera dudar Ezequiel de los compromisos de Plagiè, no podía poner en duda lo que el bribón hideputa traidor le informaba como si fuera un amigo que da consejos, ni dejar de considerar que no podían arriesgarse a resistir un nuevo ataque, desarmados como estaban, sin hombres (“no cuentes tampoco con Narváez, porque ya hace más de un mes que a ése también lo despaché a Estrasburgo”) y con pocas posibilidades de fortificarse. A Montresor le costaría nada hacerse de todo el ejército del Emperador y de todos los suizos del Papa (“cuantimás ahora que ya habrán leído tu provocativa epístola, Ezequiel”) y en tres meses o cuatro, para la primavera a más tardar, estarían los cañones de los varones más bravos apuntando a Nuestra Santísima Concha.

Pero mientras tanto tampoco podían estarse quietos. Había que detener a ese ejército y alguien tenía que ir al Viejo Mundo. Ezequiel pensó en Esteban. Reclamaría su condado, juntaría hombres, intrigaría, conspiraría… Y si era necesario mataría a Montresor. No tenía un plan demasiado definido. Pero ¿cómo llegar a tiempo?

– Por el mismo camino que Montresor. –, sugirió la hija de Néstor.

– Encontrarlo significa tomar el de Asunción.

– Es demasiado riesgo. Mas si no podemos ir a Asunción, que Asunción venga a nosotros. –, propuso la mestiza y comenzó a dibujar en la tierra húmeda: Figura ignis… figura terrae… figura aeris… figura aquae…; BADC… CDAB… ABDC… DCAB…

Pero Plagiè no comparecía y los días se sucedían grises, iguales, monótonos para todos a excepción de la duquesa, que jamás los viviera tan espléndidos, intensos ni luminosos.

Como habrá adivinado el lector, la duquesa no se había hecho esperar para apreciar ese portento de la orfebrería con que restauraran la en otro tiempo más preciada obra de su colección, según lo imaginara en la sombra que la luna proyectaba contra el muro. A simple vista, y sin necesidad de encender una bujía para comprobarlo, supo que el dardo no era de oro, sino de un blanco marmóreo, nacarado y hete aquí que no se notaban las costuras. Quiso comprobarlo al tacto y con la suave caricia se operó el prodigio: Apolo se estremecía, Apolo se arrebolaba, Apolo se encendía. El lector hallará tal vez extraño que también se sonriera, atrevido que la besase, insolente que le quitase la ropa, sorprendente que la tomara en sus brazos, previsible que se anudase, fabuloso que calzara alas talares como Hermes, divino que refocilase como Zeus, gracioso que aullase como Pan, inverosímil que no se divirtiese, extraordinario que así se holgase y maravilloso que así fuese, mas no hallará adjetivo, así como no hallaba la duquesa nombre que dar a las sensaciones varias que conoció en los días que se sucedieron, para calificar el hecho de que luego de entregarse día a día a esos animados trances diera a luz noche tras noche perla tras perla.[4]

Se guardó mucho tiempo de revelar el secreto, pero como no podía disimular su perlada sonrisa, quiso al menos compartir su alegría y su tesoro con los que tan apesadumbrados estaban.

Esteban hollaba por enésima vez la tierra remedando los trazos que hiciera su mujer.

– Ya no insistas. Es inútil. –dijo ésta– Hace tiempo que debería haber oído el canto de las sirenas.

– Tal vez una lo retenga. –, comentó la duquesa.

– ¿A qué te refieres?

– A que no adivinas, Ezequiel. Pero hagamos un trato: la presa ya es mía y sólo os la presto. Procuraos de una soga y venid a mi alcoba.

Allí se dirigieron los cuatro, agazapados, en silencio. Antes de entrar, la duquesa dijo en un susurro:

– Quelle mieux que moi–même enlacerait l’amant. Dadme la cuerda. Aguardad aquí y no paséis hasta que os llame.

*****



[1] ¿De quién habla el autor? ¿Hay acaso un sí mismo, Ding an sich del origen y del fin? No.

[2] Difícilmente lo recuerde, dado que no se mencionan dichas esclusas. La mestiza, meramente, invocó a Ñanderú, Dios Infinito y Eterno.

[3] Cf. Nota 90.

[4] Este mismo y algún otro episodio de los aquí referidos están narrados bajo el tono de la confidencia de la pluma de la mismísima duquesa a su amiga Diana de Poitiers en las cartas del 9 de julio y del 17 de agosto de 1549 compiladas en las Correspondances de la favorita de Enrique II. En la primera se toca colateralmente el asunto de las perlas, pero en la de agosto se dice adjuntar una (que no es improbable fuera la engarzada en el famoso anillo que la de Valentinois obsequiase al rey de Francia) y se transcribe este soneto en español que un anónimo amante le dedicara (“d’un secret amant de la mer, parce que j’en ai aussi mon propre dauphin, ma chérie…”) que tal vez pueda echar alguna luz sobre el asunto:

Esta Concha que ves presuntuosa

de haber libado el néctar nacarado

del mar divino antes que el tiempo airado

pudiera marchitarla, ¡qué dichosa

sonríe dando a luz majestuosa

cual fruto de su vientre apasionado

el fruto de la dicha que han gozado

los rojos labios de su alegre rosa!

De perlas cuanto ríe y cuanto siente

es calma que se colma desmedida;

¡sonría!, que quien goza del presente

de penas y de lágrimas se cuida.

Llorad cristales, vírgenes de Oriente,

que perlas ríe Concha complacida.

Por lo demás, el mismo aparece en una antología de sonetos del siglo pasado bajo el título de A una sonrisa de la duquesa de B–W y es atribuido a un poeta anónimo al que se censura por “poner el carro delante del caballo” y “ser mal exemplo de costumbres licenciosas”. Sin embargo, el compilador desacredita al censor recomendándole la lectura (“si es que v. m. agora también lee el árabe”) de la novela morisca El Captivo y las vírgenes de Argel, de un tal Cide Hamete Benengeli, en la que se lo recoge sin más variante que la de hacer común el nombre propio y donde la interpretación resulta “muy diversa de la que los malos pensamientos hayan podido sugerir a v. m.”. No lo hemos de poner en duda nosotros, que poco conocemos del árabe y nada de la obra, mas no queremos que pase la ocasión sin mencionar que con la primera línea Quevedo da inicio a un soneto, en el que aconseja a Floris La Templanza, adorno para la garganta más precioso que las perlas de mayor valor, ni extender ya más la nota, contando con que vuestra ilustradísima e ilustrísima merced, que ya habrá podido ver la sola inocencia en la rima fácil y la licencia hasta en las voluptuosas diéresis, sabrá también apreciar ahora como siempre cuál es el original y cuál la copia.